“Dios mío, yo no me creo mas que nadie, ni miro a nadie con desprecio; no hago alardes de grandeza, ni pretendo hacer grandes maravillas, pues no podría llevarlas a cabo”. (Salmo 131:1)
Estas no son las palabras de un ser derrotado o abatido, sino por el contrario, fluyeron de labios de alguien que pudo ver la caída de sus enemigos, que no tuvo temor de enfrentar al gigante, y de hecho lo venció; fueron dichas por alguien que derribo ejércitos, y conquistó el amor y el respeto de su pueblo.
Son las palabras de un rey que por encima de todo, logró la más magnifica de todas las conquistas: ¡El Corazón de Dios!
Dios mismo dice de él -“Es un varón con un corazón conforme a mi corazón”.
Ahora bien, este rey cometió tremendos errores, pero tuvo la capacidad de arrepentirse y reconocer -“He pecado contra el cielo y contra Dios” y pudo descubrir entonces, que “El corazón contrito y humillado no lo desprecia Dios”. Son en definitiva, las palabras de un hombre bienaventurado a quien Dios perdono sus iniquidades y no le tuvo en cuenta sus pecados.
Seguramente fue por eso que luego afirmó:
“Más bien, me he calmado; me he tranquilizado como se tranquiliza un niño cuando su madre le da el pecho. ¡Estoy tranquilo como un niño después de haber tomado el pecho!”. (Salmo131: 2)
En que lugar, un niño estaría más seguro que en los brazos de su madre. Ella está consciente de lo que sucede alrededor; un ruido en la calle le provoca un sobresalto; no puede evitar la idea de que algún peligro amenaza a su niño; lo estrecha tierna pero firmemente entre sus brazos; el niño deja por un instante la calidez y la suavidad del pecho que le provee el magnifico alimento; sus ojos chispeantes se cruzan en una amorosa mirada con los de su madre; su pequeña boca, aún desdentada, esboza una sonrisa; la madre olvida el temor y se estremece con tierna emoción; todo está bien; el bebe no percibe peligro alguno; él está confiado, descansa tranquilo, está satisfecho y duerme seguro.
Con estas imágenes vivas en su mente, el rey David se asoma a la ventana, desde allí observa a los habitantes de su ciudad, percibe sus afanes, sus preocupaciones; con profunda convicción exclama para sí:
“Israel, pon tu confianza en Dios, ahora y siempre”. (Salmo 131:3)Texto tomado de la Biblia Lenguaje Actual
Aníbal Rushan