1° Juan: (toda la epístola)
San Mateo 22:37-40 San Marcos 12:28-34
La Biblia es un libro que habla de relaciones; del hombre con Dios, del hombre con quienes comparten su vida y su fe, y del hombre con el resto de sus semejantes. Todo visto desde la óptica de Dios (una Mirada Divina). Y no podemos señalar un orden de prioridades, aunque es indudable que lo más importante es la relación con Dios. No obstante, los demás aspectos, están estrechamente ligados entre sí.
Si mi relación con mis hermanos no es correcta, o si me relaciono indebidamente con los demás (no creyentes), seguramente mi relación con Dios no es como debería ser (Ver 1° Juan 2:9-11 / 3:14-18 / 4:7-12 y 19-21). Es notable, sin embargo, como le damos mayor importancia a las cuestiones de forma, y descuidamos las de fondo. Somos capaces de juzgar a nuestros hermanos porque han adoptado alguna modalidad en el culto que nosotros consideramos incorrecta o “antibiblica” y sin embargo pasamos por alto o vemos con total indiferencia, como otros con sus hechos han provocado división en el Cuerpo de Cristo, siendo esto (la unidad) prioritario en el orden que Dios estableció por medio de las escrituras. (San Mateo 5:21-24).
Poder ver las cosas desde la perspectiva de Dios es fundamental, y no hay ninguna posibilidad de hacerlo si no nos relacionamos con Dios correctamente. Sin la intervención del Espíritu Santo dándonos esa posibilidad de compartir la “Mirada Divina” sobre determinadas cuestiones, es muy probable que incurramos en algún error.
Fue Jesús mismo quien en la hora crucial puso en orden las prioridades, cuando justo antes de enfrentar a la muerte, dedicó buena parte (la medular) de su última oración al asunto de la unidad. “...Que sean uno para que el mundo crea...” (San Juan 17:1-26).
Hay una carga de responsabilidad muy importante de nuestra parte a la hora de evaluar el porque de la incredulidad del mundo. Sobre todo, si las formas nos dividen, y hacemos la vista gorda con las cuestiones de fondo, si olvidamos que la división es pecado, y que solo el pecado puede motivar a la división; el pecado de quien no quiere arrepentirse, el pecado de soberbia, al creer que tenemos derecho a hacer valer nuestro punto de vista o nuestra posición, incluso nuestras aspiraciones en cuanto a reconocimiento, o de ocupar un lugar en el liderazgo de la iglesia, anteponiendo estos derechos a la preservación de la unidad y el amor que Jesús nos ordena. (San Juan 13:34-35 / 15:12-13).
En cuanto al pecado, y como tratar con él en la comunidad de los creyentes, Jesús nos lo enseña claramente. (San Mateo 18:15-22).
“Si alguno anhela obispado, buena obra desea” (1° Timoteo 3:1). Aspirar a ocupar un lugar de responsabilidad en la iglesia es saludable. San Pablo dio expresas indicaciones sobre los requisitos indispensables para quienes anhelan hacerlo; también en este punto la “Mirada Divina” nos señala el camino. Aquel que quiera ser mayor (presidir) debe hacerse siervo de los demás. (San Marcos 9:33-37 San Lucas 22:24-26 San Juan 13:12-17).
Jesús dejó sobrados ejemplos sobre como debemos vivir y relacionarnos con Dios y con nuestros semejantes en general. (San Mateo 5:38-48 / 6:5-15 / 7:12).
Que El Espíritu Santo pueda imprimir en nosotros esa Mirada Divina, para que el propósito de Dios en nuestras vidas pueda cumplirse.
Dios ya hizo su parte; Jesús nos dejó su ejemplo; El Espíritu Santo que habita en nosotros, está dispuesto a revelarnos el punto de vista de Dios. Nuestra parte es, orar sin cesar, buscar de continuo la presencia de Dios y comprometernos con su reino aun a costa de nuestras aspiraciones (validas o no). En definitiva a cumplir con el precepto Bíblico, “El que no esta dispuesto a perderlo todo (incluso la vida) no puede ser mi discípulo”. (San Lucas 14:26-33)
ANIBAL RUSHAN